Las piezas de la memoria
- Pablo Llanos
- 30 ene
- 5 Min. de lectura

1: Yupanqui
Todo empezó de una manera bastante común. Yo estaba buscando unas fotos que creía bien guardadas y no aparecían por ningún lado. Revolviendo un poco más, encontré una caja. Una caja vieja, sin orden, con papeles doblados, sobres, cosas que uno guarda sin saber bien por qué. Fui sacando objetos hasta que di con las fotos. Eran de ese viaje. Al verlas, algo se activó enseguida. No un recuerdo preciso, no una escena completa. Más bien una expectativa. La sensación de que la memoria se ponía en alerta, como si estuviera por reconocer algo importante.

Las fotos me llevaron al viaje. Recordé el camino, las caminatas, raras en mí, el cuerpo cansado, el paso lento. En uno de esos trayectos llegamos a la casa de Atahualpa Yupanqui. De todo ese día, lo que vuelve con más fuerza es su habitación. Una pieza chica, austera. ¿La conocía de antes? La cama bien tendida, una mesa simple, pocos objetos. Todo sobrio, casi desnudo. Mi mirada se detenía en esas cosas. Las recorría con atención, como esperando que alguna disparara un recuerdo propio. Un gesto, una escena, una emoción.
Pero no pasó. Los estímulos estaban ahí, claros, visibles. La cama, los muebles, el orden de la habitación. Mi mente los reconocía, los tomaba como señales, pero no encontraba dónde apoyarlos. No había recuerdos míos que respondieran a ese llamado. Era como llamar a alguien por un nombre que no es el suyo. Esa persona escucha, entiende que alguien la nombra, pero no contesta. La causa de la evocación existía, el estímulo también, pero el efecto no se manifestó. Todo en suspenso, todo latencia. Una evocación sin recuerdo, un llamado sin respuesta.
2: Kavafis
Después aparece Kavafis, porque estaba armando un post para mi Proyecto Cascarudo, y ahí todo se invierte. En uno de sus poemas homoeróticos [1], el poeta entra en una casa que ya no es casa: ahora es una oficina, una sala comercial. Nada de lo que fue permanece. Sin embargo, recuerda con una precisión dolorosa dónde estaban las cosas cuando la habitaba: los jarrones, la alfombra, la cama. Aparece incluso la frase κι εμπρός του ένα τουρκικό χαλί —“y delante de él, una alfombra turca”. Los objetos ya no están, ya no existen, pero el poema los devuelve a su lugar exacto. La escena se construye desde la ausencia.

Kavafis recuerda una cama ἐπάνω σ’ ἣν ἀγαπηθήκαμεν —“sobre la que nos habíamos amado” [2]. No hay estímulos materiales que activen la memoria; la causa de la evocación ya no existe más que en la mente. Y sin embargo el recuerdo aparece, se manifiesta con una fuerza intacta. Ese amor perdido, que no volvió nunca más, sobrevive a la desaparición de los objetos. La casa ya no es casa, el espacio ha sido profanado por lo utilitario, pero el amor insiste. El efecto se mantiene incluso cuando la causa ha sido borrada del mundo.
Por eso esta pieza de Kavafis es la inversión exacta de la experiencia argentina de Yupanqui. Allí había estímulos presentes que no lograban producir recuerdo; aquí no hay estímulos, y aun así el recuerdo es pleno. En Kavafis, la memoria no nace de la experiencia, sino del deseo: el amor no remite al pasado, lo crea. Presiento que ahí está el núcleo del poema: la voz poética que nos cuenta esta experiencia no puede evitar extrañar, pero hay algo más grave. El hecho de que no existan objetos concretos lo vuelve más terrible, más vacío, más abismal: si por lo menos estuvieran los objetos, habría una posibilidad de canalizar ese extrañar en algo concreto. La ausencia obliga a que el pasado tenga que crearse y recrearse continuamente, con más energía; también necesita inventar, una y otra vez, los objetos que lo evocan.
3: Menzel
Y entonces aparece Das Balkonzimmer (La habitación con balcón), del pintor alemán Adolph von Menzel. Ese cuadro lo encontré en una carpeta vieja, justo antes de vender mi computadora de escritorio. Eran imágenes guardadas hace unos veinte años, de una época en la que me gustaba descargar fotos de páginas web, mirar pintura, acumular escenas sin un criterio demasiado claro. Me interesaba ver todo. Entre esos archivos estaba ese interior con balcón, detenido en una luz quieta, casi pensativa.

Ese cuadro no me despierta recuerdos. Tampoco produce una evocación amorosa como en Kavafis. No hay causa ni efecto: no estuve ahí, no recuerdo nada a partir de esa imagen, no se activa ninguna escena previa. Y, sin embargo, tengo una certeza muy firme: esa escena me pertenece. No en el sentido de la nostalgia, ni de la memoria, ni de la experiencia vivida. No es que haya estado en ese balcón. Es otra cosa: es que soy eso.
No digo “yo estuve ahí”, sino “yo soy ese balcón, esa luz, ese interior que mira hacia afuera sin salir”. No hay recuerdo ni evocación, pero hay identidad. Una pertenencia sin pasado, una forma de coincidir con una escena sin haberla vivido ni recordado. Tal vez la memoria no sea solo un archivo del pasado, sino también una forma de reconocimiento.
En Yupanqui, la memoria busca y no encuentra: una habitación llena de objetos que no responden. En Kavafis, la memoria encuentra sin haber buscado: otra habitación, ya transformada en oficina, donde los objetos han desaparecido pero el amor insiste. En Menzel, en cambio, la memoria se retira: queda una tercera habitación, silenciosa y luminosa, que no convoca recuerdos ni escenas vividas, sino algo más radical, la certeza de ser una escena. Por eso vuelvo a la caja, al álbum, a las fotos. No encontré ahí recuerdos precisos, sino tres maneras de habitar el tiempo, las imágenes y los lugares. Y entendí que, a veces, la memoria no consiste en recordar, sino en habitar una habitación que, de algún modo, ya somos.
NOTAS
[1] Traducción del poema de Kavafis:
Esta habitación, cuánto la conozco.
Ahora se alquilan, esta y la contigua,
para oficinas comerciales. Toda la casa se volvió
oficinas de corredores, y de comerciantes, y de empresas.
Ah, esta habitación, qué familiar que es.
Cerca de la puerta, aquí estaba el sofá,
y delante de él, una alfombra turca;
cerca, el estante con dos jarrones amarillos.
A la derecha —no, enfrente—, un armario con espejo.
En el centro, la mesa donde escribía;
y las tres grandes sillas de mimbre.
Junto a la ventana estaba la cama
donde nos amamos tantas veces.
Estarán todavía en algún lugar, los pobres.
Junto a la ventana estaba la cama;
el sol de la tarde llegaba hasta la mitad.
Era la tarde, las cuatro; nos habíamos separado
solo por una semana… ¡Ay de mí!,
esa semana se volvió eterna.
[2] ἀγαπηθήκαμεν: del verbo ἀγαπάω (amar). Etimológicamente procede del sustantivo ἀγάπη, uno de los términos griegos para el amor. De esta misma raíz provienen ἀγάπανθος (agapanto, literalmente “flor del amor”) y ἀγαπόρνις (agapornis, “ave del amor”), donde ἀγάπη se combina con ἄνθος (flor) y ὄρνις (ave).



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