El arte de ordenar nombres (Dionisio, Homero, Ovidio, Horacio Ferrer)
- Pablo Llanos
- 1 abr
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Actualizado: 3 abr

I. Comenzando por Dionisio
“Sostengo yo que quien quiera conseguir un estilo perfecto en lo tocante a la ordenación de los sonidos ha de reunir en él cuantas palabras encierren una agradable sonoridad, magnificencia o gravedad. Algo sobre esto ha dicho, aunque en líneas generales, el filósofo Teofrasto en su obra Sobre el estilo, donde distingue las palabras que son bellas por naturaleza, cuyo empleo en la composición cree que producirá una expresión bella y magnífica, de las que por el contrario son bajas y vulgares y de cuyo empleo jamás podrá, según él, resultar una composición lograda ni en poesía ni en prosa. Y, por Zeus, que Teofrasto no ha errado el blanco al decir esto. Pues es posible que todos los elementos de la expresión por los cuales se revela el contenido sean eufónicos y bellos, estúpido sería pretender buscar los de peor calidad. Pero si esto no fuese posible como suele suceder, hay que procurar que esa condición inferior quede disimulada en la ligazón, mezcla y contacto, que es lo que acostumbra hacer Homero de ordinario. Porque si se le preguntase a cualquier poeta o rétor en qué consiste la nobleza y sonoridad de los nombres dados a las ciudades beocias como Hyria, Micaleso, Grea, Eteono, Escolo, Tisbe, Onquesto, Eutresis o la que sea de cuantas el poeta menciona, seguro que ninguno sería capaz de hablar sobre ello. Sin embargo, aquél, Homero, tan bellamente ha entretejido y distribuido los elementos de relleno más eufónicos, hasta el punto de parecer tales nombres tan sublimes como ningún otro” (traducción de Eustaquio Sánchez Salor).
Quien habla así es Dionisio de Halicarnaso. Drop the mic. Te tira una idea como para una tesis… y se va.
II. Una advertencia que no envejece
Lo que dice es sencillo, pero no es fácil: no alcanza con elegir palabras bellas. Hay que saber ordenarlas en la línea del verso (la famosa dispositio). Cómo se enlazan unas a otras. Cómo suenan cuando ya no están solas.
III. La sospecha
Hyria. Micaleso. Eteono. Escolo. Tisbe. Onquesto. Eutresis. Probá decirlos en voz alta. (Tranquilo, no te estoy haciendo invocar nada). Sin contexto, no pasa mucho. No hay música evidente. No hay encanto inmediato.
IV. Y sin embargo…
Y sin embargo, en la Ilíada de Homero, funcionan. Y funcionan muy bien. No porque cambien ellos, sino porque alguien —Homero— supo dónde ponerlos. Maravilloso el comentario de Dionisio: “lo que acostumbra hacer Homero de ordinario”. Ordenar las palabras en filas (se me viene a la mente la imagen de Orfeo ordenando los árboles en las Argonáuticas de Apolonio).
V. Homero: un poquito del catálogo de naves
Ilíada II, 496–497:
Griego:οἵ θ᾽ Ὑρίην ἐνέμοντο καὶ Αὐλίδα πετρήεσσαν,Σχοῖνόν τε Σκῶλόν τε πολύκνημόν τ᾽ Ἐτεωνόν,
Transliteración:
hoí th’ Hyríēn enémonto kaì Aulída petrḗēssan,Skhoînón te Skôlón te poluknēmón t’ Eteōnón,
Traducción:“los que habitaban Hiria y la rocosa Áulide,y Esqueno y Escolo y Eteono de muchas lomas,”
Y acá está el punto —el pequeño secreto técnico que después se vuelve magia. Ese τε… τε… τε… no “significa” casi nada en términos de contenido. Pero en términos de oído, lo hace todo. Marca el pulso. Sostiene la serie. Evita que los nombres se desarmen en una mera acumulación.
No es una suma: es una cadena rítmica. Cada τε engancha el nombre que viene con el anterior, como si el verso no quisiera soltarlo. Y entonces la lista —que podría ser áspera, fragmentaria— se vuelve continua, casi inevitable. Ahí empieza la música.
VI. Hesíodo: la serie como forma
En la Teogonía de Hesíodo (vv. 134–135):
Griego:Κοῖόν τε Κρεῖόν τε Ἱπερίονά τ᾽ Ἰαπετόν τε,Θείαν τε Ῥείην τε Θέμιν τε Μνημοσύνην τε,
Transliteración:Koîón te Kreîón te Hiperíoná t’ Iapetón te,Theían te Rhéēn te Thémin te Mnēmosýnēn te,
Traducción:“A Ceo y Crío y también Hiperión y Japeto,y a Tea y Rea y Temis y Mnemosine,”
Acá el ritmo se construye con una lógica muy clara y muy eficaz: la repetición del τε fija un pulso casi regular, como si cada nombre encontrara su lugar en una serie previsible. Pero dentro de esa regularidad, los nombres no pesan lo mismo: algunos son breves (Κοῖον), otros se expanden (Ἱπερίονα, Μνημοσύνην).
Entonces pasa algo interesante: el esquema se repite, pero el sonido cambia. Y ahí aparece la música hesiódica —una combinación de constancia y variación que mantiene la serie unida sin volverla monótona.
VII. Ovidio: cuando la lista corre
En las Metamorfosis de Ovidio (III, 224), el joven cazador Acteón es transformado en ciervo. Sus propios perros, cuando lo ven, corren para comérselo:
Latín:Dromas et Canache Sticteque et Tigris et Alce,
Traducción:“Dromas y Canace y Esticte y Tigre y Alce,”
Acá se ve todavía mejor lo que veníamos diciendo. La serie es más compacta, más rápida, casi sin expansión descriptiva. Nombres cortos, encadenados, sin epítetos que los “frenen”. Y otra vez el mismo recurso: la coordinación insistente, ahora incluso sin repetir siempre el et, lo que hace que los nombres se apilen con más velocidad.
Fijate en el efecto: no hay tiempo de detenerse en cada perro. Apenas aparece uno, ya está viniendo el otro. La sintaxis no organiza desde la calma —como en Hesíodo—, sino desde la urgencia.
Y eso es lo más fino de Ovidio: la lista no es solo acumulación. Es aceleración. Cada nombre es un impulso. Cada incorporación, un avance de la jauría que se lo quiere morfar a Acteón.
VIII. Entonces
La música no está en cada palabra. Está en el modo de enlazarlas. En la duración. En la repetición. En la variación.
IX. Bajamos: pero no tanto
Porque esto —que parece técnico, antiguo, casi arqueológico— sigue pasando. Y fuerte.
X. Viva el tango: decir y dejar caer
En “Viva el tango”, de Horacio Ferrer, aparece una serie de títulos. No hay verbos. No hay desarrollo. Solo nombres.
Sur, Qué noche, Percal, La Yumba,Silbando, Adiós Nonino, El choclo,Divina, El Marne, Uno, El andariego,Milonguita, Vida mía, A fuego lento,El motivo, Bahía Blanca, La bordona,Flores negras, Che papusa, La Tablada,Mala junta, Suerte loca, La mariposa,Volver.
Y lo notable no es la acumulación. Es cómo se dice. Cada nombre cae con un peso distinto. Algunos son cortos, otros más largos. Algunos arrastran vocales abiertas, otros cierran rápido. Y esa alternancia arma ritmo. Ah, es crucial que los finales de verso sean graves, salvo el último (Volver).
Nota: Me encanta este tango, algún día voy a escribir sobre esta letra.
XI. El ritmo sin conectores
A diferencia de Homero o Hesíodo, acá no hay partículas como τε o et. La unión no es gramatical. Es prosódica. Es la voz la que organiza. La respiración. La pausa (y la no pausa).
XII. La curva de Silvio
En “Quien fuera”, de Silvio Rodríguez:
Estoy buscando melodíasPara tener como llamarteQuién fuera ruiseñorQuién fuera Lennon y McCartneySindo Garay, Violeta, Chico BuarqueQuién fuera tu trovador.
Acá la musicalidad está en otra cosa: en la longitud desigual de los nombres, en la alternancia entre un nombre y apellido (“Sindo Garay”), uno breve (“Violeta”) y otra vez nombre y a pellido (“Chico Buarque”).
Eso genera una curva rítmica interna. Una pequeña respiración que se abre, se contrae y vuelve a abrirse.
XIII. Volver a Dionisio
Y entonces volvemos. No por capricho, sino porque ya estaba todo ahí. Dionisio de Halicarnaso lo había dicho sin vueltas: si las palabras no son particularmente bellas, no importa tanto. Hacelas convivir. Mezclalas. Dales un orden.
Porque ahí empieza otra cosa. No la palabra aislada, sino el tiempo de la palabra: cuándo entra, cuánto se queda, cómo se apoya en la que sigue. Ahí se juega todo.
Y entonces escribir deja de ser solo elegir. Pasa a ser escuchar. Ajustar. Probar. Como quien afina.
Corta: escribir bien es escribir con las orejas.



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